Las navidades del año 1993 y el mes de enero de 1994 estuvieron claramente marcadas por una serie de terremotos que alarmaron a toda la población del Poniente almeriense. Fue el 23 de diciembre cuando tres terremotos, que oscilaban entre los 3 y 4,9 grados de magnitud en la escala Richter, se sintieron principalmente en las localidades de Berja y Adra. El epicentro de aquellos seísmos se localizaba en el término municipal de Adra y obligó a cortar al tráfico la comarcal 331, la actual A-347, por un derrumbamiento.

El alcalde de Berja, Manuel Ceba, dictó un bando en el que comunicaba a la población que desalojara aquellas viviendas que presentaban desperfectos y pedía que no bloquearan los teléfonos de la Policía Local.

María Dolores Romacho, de la Red Sísmica de Almería, informaba en la Voz de Almería que el terremoto del 23 de diciembre de 1993 era «el más importante de los que han ocurrido en Almería , desde el 13 de septiembre de 1984».

En nochebuena y por cuarta vez en aquellos últimos días del mes de diciembre, la tierra volvió a temblar, el epicentro de nuevo se localizó en Adra y con 3.6 grados de magnitud no causó demasiados daños, tan sólo el susto a los abderitanos y virgitanos.

Comenzó el 1994 y la tierra no dejó de temblar, fue el 3 de enero cuando de madrugada un terremoto de magnitud 4 en la escala de Richter se dejó sentir en todo el Poniente almeriense y en algunas poblaciones granadinas. En este caso se tuvieron que realizar tres desalojos y dos viviendas fueron declaradas en estado ruinoso.

Protección Civil afirmaba aquellos días también en La Voz que muchas personas tuvieron que «ser atendidos urgentemente en el centro de salud, afectados de una importante crisis nerviosa» y el jefe de la Policía Local de Berja, Antonio Castillo, calificaba como «impresionante ver a la gente salir a las dos de la mañana, la psicosis era ta tal que la gente comenta movimientos de tierra que ni siquiera se han producido».

Este es un extracto de lo que contaba El País el 5 de enero de 1994:

Los vecinos del poniente almeriense han aprendido a vivir con el susto en el cuerpo. En Berja, por ejemplo, sus 12.500 habitantes recuerdan que en 1804 otro terremoto se llevó a 37 de sus antepasados y destruyó la población. La monja Paz Tabares es miembro de la orden que cuida la ermita de la Virgen de Gador. “Estábamos rezando ayer y sentimos el terremoto. Echamos a correr al exterior porque la iglesia ya está dañada por el terremoto de diciembre y podía venirse abajo”. La religiosa mostraba con congoja la brecha abierta que cercena uno de los arcos azules de escayola del camarín de la Virgen y asegura, sin embargo, que no va a rezar contra los terremotos, “porque confío en Dios”.